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3.10 ¿Por qué rezamos una y otra vez lo mismo?

Maneras de rezar

A menudo rezamos repitiendo una oración ya existente. Estas son las llamadas oraciones vocales u oraciones formales. Esto puede parecer muy aburrido, pero orar no es lo mismo que pronunciar palabras.

Orar es algo que haces con tu corazón. El poder de una oración vocal está también en su repetición. Como ya conocemos las palabras, podemos estar plenamente con Jesús en nuestros corazones y mentes. La aplicación #TwGOD contiene algunas hermosas oraciones.

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El poder está en la repetición: así permaneces con Dios. Cuando no encuentres palabras, no te limites a repetir, sino reza con el corazón.

La sabiduría de la Iglesia

¿Qué es la oración vocal?

Ante todo la oración es una elevación del corazón a Dios. Y, sin embargo, Jesús mismo ha enseñado la oración vocal. Con el Padrenuestro nos ha dejado la oración vocal más perfecta, es como su testamento sobre cómo debemos orar.

 

En la oración no sólo debemos tener pensamientos piadosos. Debemos expresar lo que nos preocupa y ponerlo ante nuestro Dios como queja, ruego, alabanza o acción de gracias. A menudo son las grandes oraciones vocales -los salmos y los himnos de la Sagrada Escritura, el Padre Nuestro, el Ave María- las que nos indican los verdaderos contenidos de la oración y las que nos conducen a una oración interior libre. [Youcat 501]

Esto es lo que dicen los Papas

El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un método característico, adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave María, que se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición, se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio, se puede hacer otra consideración sobre el Rosario, si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse a la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira. [Papa Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae, n. 26]